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San Miguel, Putumayo

Dilsa, la madre que lleva 19 años esperando a su hijo

© Mateo Uribe Sáenz

Mientras muchos colombianos miran los noticieros con interés informativo, María Dilsa Espinoza se ha fijado con sumo cuidado en cada imagen. Quiere encontrar a su hijo, el joven que un 13 de julio del 2000 le fue arrebatado por la guerrilla de las Farc. Luchando contra comandantes, ríos y montañas, perdió el rastro de su pequeño, a quien ahora presume vivo dejando el uniforme y fusil a un lado.  

Ya uno no se va a encontrar con ese niño, con ese joven que uno crió. Se va a encontrar con un adulto con otras ideologías”, dice. Esa es la gran incógnita que Dilsa expresa día tras día desde aquel miércoles de julio en que su vida se partió en mil pedazos. Ese día se enteró de que su hijo mayor fue capturado por la guerrilla en la vereda El Sábalo, cerca de San Miguel (Putumayo), cuando a mediodía jugaba billar con algunos amigos.

La madre de Didier no entendía nada. No podía creer lo que había sucedido. Su hijo, aunque con gran gusto por el dinero, vivía para ayudarla en todas las tareas que imponía un pueblo sin agua y luz como San Miguel. Se preguntaba qué había hecho mal y por qué había ocurrido. 

Oscar Lin Troches, su padre, había escuchado la noticia en boca de los clientes que transportaba. Tomó una de las camionetas en las que trabajaba, salió de La Hormiga y se dirigió a El Sábalo, la vereda que le había quitado a su pequeño. Sin respuesta alguna sobre lo sucedido, contactó a un miliciano que lo citó el domingo para obtener la información que necesitase.  

Todos los días, Dilsa detalla cada imagen de los noticieros en televisión. Espera a que den alguna noticia sobre Didier.

Foto: © Mateo Uribe Sáenz

Ese domingo, Dilsa se despertó lo más temprano que pudo. Junto a su esposo emprendió aquel camino hacia la vereda a la que su hijo llegó en busca del trabajo prometido. Las contadas charlas con milicianos de la zona no arrojaron ningún indicio. Fue un día perdido, pues la información era escasa y la única probabilidad era que se encontrara con el comandante en la cordillera. La semana pasó sin noticias nuevas. Dilsa no esperó más y recorrió todo San Miguel recogiendo 300 firmas con las que pediría la liberación inmediata de su Didier. 

¿Ustedes qué hacen por acá? ―dijo el miliciano al ver a dos padres recorriendo una carretera hacia un punto de encuentro rodeado de uniformados que cargaban su fusil al hombro. 

Necesito hablar con su comandante. Veo un mundo de gente y no sé si es Ejército, paramilitares o guerrilla. ―respondió Dilsa.

¿Y a usted no le dan miedo que la maten? 

A mí, con tal de buscar a mi hijo, no me importa nada.  

Después de un viaje en chalupa y de atravesar el río, Dilsa conoció por primera vez el Frente 48 de las Farc. La separaron de su esposo y la postraron sobre una butaca para que dejara de llorar. Los guerrilleros empezaron a hablar con Oscar, quien en un intento de “abrirles el corazón”, explicaba cuán duro sería la pérdida de un hijo para Dilsa. No consiguió remover ni un pedacito de lástima, ternura o valentía. Poco a poco, llegó el momento en el que Dilsa tomó la vocería y fue  escuchada por los guerrilleros. En la memoria de sus captores, Didier solo era un joven llorón que fue tratado como “nena” y “marica”, pues sus lágrimas representaban debilidad.

En su travesía, Dilsa conoció a alias ‘Lucho’, el  comandante del Frente 48. 

Buenas tardes, mi comandante ―saludó Dilsa.
Buenas tardes, compañera, ¿cómo está? 

Pues muy mal, muy mal. Necesito encontrar a mi hijo.

En ese instante, alias ‘Lucho’ increpó a la madre de ser una maltratadora. Ella, con sus cinco hojas atiborradas de firmas y las lágrimas en sus ojos, dejó atrás cualquier sentimiento de miedo. Sabía que su fuerza y valentía le permitirían regresar con su hijo a su casa de madera en el pequeño San Miguel. Allí verían a sus otros cuatro hermanos.

¿Esas hojas para qué? Eso no le sirve de nada. Si en verdad la gente quiere ayudarle, ¿por qué no vienen? Toda esa gente que usted tiene ahí son comerciantes y nos deben vacunas a nosotros―. ‘Lucho’ se quedó en silencio y le hizo otra pregunta―. Y usted, ¿cómo la va con la policía? 

A mí no me pregunte ni de Policía ni de guerrilla. Nosotros somos personas neutras. Mi esposo nos trajo aquí para tener un futuro y mire qué futuro estoy viendo. 

Para terminar esta conversación, le voy a decir que se prepare en 15 días. Le vamos a tener listo a su hijo para que hable con él. Además, siéntase orgullosa de que su hijo haya cogido las armas. Ahora tiene con qué defenderse. 

Un momentico, comandante, como madre me sentiría orgullosa de que mi  hijo siguiera estudiando, fuera un profesional y le estuviera sirviendo a la comunidad, a la patria, no con el culo en el monte escondiéndose como si fuera un delincuente, un subversivo—. Los otros guerrilleros la miraban con sorpresa por esas palabras sin miedo―. Ustedes dicen que tienen un ideal pero nunca lo van a obtener, porque ustedes no saben para donde van. Para obtener su objetivo les  falta mucho, porque salen a hacerle maldad al pueblo y al Gobierno. No he escuchado que ustedes vean gente muriendo de hambre y les llevaran una remesa. A mí no me digan que me sienta orgullosa de eso.

Dilsa y su esposo hablaron con el comandante del Frente 48 para pedirle la liberación de Didier.

Foto: © Mateo Uribe Sáenz

El tiempo pasó y a los dos meses, la guerrilla le dejó ver a su hijo. Dilsa fue acorralada por un centenar de guerrilleros y, a lo lejos, venía Didier, uniformado y con fusil al hombro. Primero le pidió la bendición que tanto necesitaría. Después miró a su hermana, una pequeña de un año que era la luz de sus ojos. La abrazó y le dijo “algún día nos volveremos a ver”. Luego, le habló a Dilsa.

Mami, cálmese, no vaya a hacer ningún show aquí, vamos a hablar. 

Caminaron hacia unas bancas de madera en la cancha de reuniones guerrilleras. Se sentaron e inició una conversación que no debía ser escuchada. Didier contó aquella historia que los guerrilleros le habían relatado a su padre. Su  rostro cambiaba cada vez que le contaba los detalles, pues sabía que estaba en un problema y no habían soluciones a  la mano. Mirando a su madre, Didier le dijo que saliera del Putumayo y, por el bien de la familia, se llevara a sus hermanos lo más lejos posible: “Escóndanse porque yo pienso desertar. Ellos me dan papaya y yo me vuelo”.

Fue la última vez que Dilsa lo vio. Ese día se llamaba ‘Nelson’, como el alias que le habían designado. Tiempo después, Dilsa descubrió que el apellido de aquel nombre era de carácter relevante, pues ese nombre era común en aquel grupo. Desde allí recuerda las tantas veces que escuchó bombardeos o los veía en las noticias. Para ella esos días eran grises, pues en su corazón siempre vivía la incertidumbre de que su hijo pudiese estar allí donde habían matado o donde había muchos muertos.

Hoy Dilsa vive en Cali. Salió de San Miguel por el recrudecimiento de la guerra y por las amenazas de la guerrilla, que la amenazó con que perdería a dos de sus hijos si no se marchaba. 

Acción Social la ayudó a conseguir su casa en Cali, además de comida y los utensilios que necesitaba. El programa de reparación a víctimas le dijo que podrían pagarle por su hijo después de que se firmase la paz, siempre y cuando él estuviera muerto. Aquella no era la respuesta que quería escuchar, pues en su corazón no hay dinero que logre subsanar lo que representa una pérdida y una  vida llena de enigmas.

Foto: © Mateo Uribe Sáenz

Ante la aberrante desinformación, un rayo de luz se asomó por sus ojos cuando supo que Didier había sido visto en noviembre del 2014 en Huila por una cuñada, quien aseguró que estaba bien, que le mandaba saludos. Didier tendría 35 años. Su madre lloró por un momento al recordar y recibir aquella  alentadora noticia, pero Dilsa recordaba el famoso refrán “ojos que no ven, corazón que no siente”. Y ella no se sentía plena todavía. 

Dilsa entró a trabajar en servicios generales en una entidad del gobierno y no dejaba de mirar las noticias con la esperanza de algún indicio que le revelara dónde se encontraba su hijo: vivo o muerto. Lamenta que, si Didier vuelve algún día, encontrará a su familia reducida, pues su padre y una de sus hermanas ya no están para recibirlo.

El proceso de paz con las FARC en la Habana fue algo alentador y todavía hay una esperanza para esta mujer que dejó de peregrinar tras sus rastros. Hoy hay algo que la inquieta: ¿quién es Didier ahora? 

No sabe si su hijo trigueño, de ojos café y pelo ondulado  será el mismo que ella conoció. Ese es su miedo más grande.


Este texto fue uno de los ganadores del concurso departamental de periodismo Narrando la justicia desde el territorio, de la Fundación Makikuna. Mateo Uribe Sáenz obtuvo el premio en la categoría prensa.


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