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Buenaventura, Valle del Cauca

El aislamiento: otra excusa para negar nuestros derechos

Cortesía AFRODES
  • Mary Cruz Rentería Mina

  • 1 julio, 2020

En tiempos de aislamiento, las mujeres negras vivimos situaciones más difíciles que de costumbre. Este escrito obedece a innumerables reflexiones que hemos compartido desde los territorios donde nos encontramos las mujeres negras. A causa de la pandemia, sentimos cómo el racismo estructural nos asfixia cada día de aislamiento. 

Tal cual como se evidencia en los territorios donde estamos, el aislamiento ha develado las distintas prácticas de ese racismo que nos niega todo, que nos señala, que nos cosifica, que nos sigue empobreciendo. El racismo es una estructura social que en función de nuestra pertenencia étnica nos impide ser y estar bien.  

No es casualidad ni una decisión propia que muchas mujeres negras sobrevivimos en el rango laboral de eso que llaman prestación de servicios, y que otros prefieren llamar de manera despectiva “oficios varios”. La limpieza, el trabajo doméstico, los oficios de mesera o de impulsadora; trabajos que llegan a ser denigrantes para muchas mujeres que pueden haber alcanzado niveles educativos altos, algunas incluso universitarias. Muchas que tienen el “privilegio” de contar con esta formación académica es porque antes libraron toda una lucha por alcanzar esa meta.

¿Qué expresiones de racismo han vivido las mujeres negras en tiempos de aislamiento? Empecemos con quienes prestan el servicio doméstico, un trabajo muy mal remunerado. A eso, se suma que a muchas trabajadoras les han cambiado la modalidad del contrato pagándoles por horas o por días, con la pretensión de que realicen las labores que corresponden a una semana. En otras oportunidades simplemente ha habido suspensión de los contratos hasta que la “situación de la pandemia mejore”, dejándolas a su suerte. Pero no, no… no creamos que es un mecanismo de protección para las mujeres. No, no.… Nada menos porque son señaladas de ser portadoras del virus Covid-19, debido a que muchas están ubicadas en la periferia, en barrios empobrecidos y estigmatizados; sectores donde les tocó vivir, en su gran mayoría, en calidad de desplazadas o más bien despojadas de cualquiera de los territorios del Pacífico.  

Por supuesto que esta situación tendrá un impacto en estas mujeres y en sus familias. se continúa generando empobrecimiento en medio de un contexto de desigualdades que se acentúan al no poder seguir realizando sus actividades cotidianas de subsistencia y, a la vez, por no contar con garantías estatales para su digno sostenimiento en este confinamiento. Es decir, las mujeres negras solo conocen de “apoyos o subsidios” que logran escuchar desde las pantallas de sus televisores.

Ahora bien, detengámonos a mirar qué pasa con las otras mujeres negras que prestan un servicio distinto, como son las consultorías. Este método de teletrabajo ha sido tan invasivo en términos de la salud, porque trabajar implica estar conectadas a un dispositivo en los espacios de la vida privada. En las relaciones familiares se profundiza mucho más, sabiendo que nuestras familias son extensas. No contamos con los mejores ambientes ni recursos para el desarrollo de las actividades laborales; sumando las clases virtuales de las hijas y los hijos.

La implementación del teletrabajo ha llevado a un sedentarismo tan extremo, en el que las mujeres dicen que “no queda tiempo ni para respirar”. Sumado a ello, siguen asumiendo de forma desigual y naturalizada el cuidado de menores, de adultos mayores y el quehacer diario de los hogares. Es decir que, al interior de la familia, el estar sentada frente a un equipo no se entiende que estás en horario laboral. Un aspecto importante de las mujeres que se encuentran en cualquiera de las situaciones descritas, tiene que ver que no es casualidad que acepten un trato indigno por quienes la contratan. Esto obedece a la inestabilidad y poca posibilidad laboral con que cuentan porque se le discrimina por su condición étnica, llegando a subvalorar su capacidad, formación, experiencia para asumir una labor y por último la proyección a incrementarse el desempleo por efectos de la pandemia.

Todo lo anterior nos lleva a la reflexión de las distintas dimensiones del racismo, el que vivimos en los diferentes contextos: laboral, académico, histórico y social. Además, aparece un elemento importante que no podemos dejar a un lado como es el conflicto armado, que profundiza mucho más cada situación. No es lo mismo una mujer negra, desplazada, víctima de violencia sexual, sin formación académica, ubicada en la periferia de cualquier zona urbana con su familia, que una mujer que ha vivido otro tipo de situaciones menos dolorosas e impactantes.

Pese a los embates del racismo, en todas sus formas, las mujeres negras en tiempos de aislamiento no renunciamos a nuestras prácticas de resistencia; seguimos en la búsqueda constante de garantías de derechos desde los liderazgos, al igual que en el fortalecimiento de esas prácticas de identidad cultural que dan cuenta de lo que somos, vivimos, sentidos y añoramos como es: el comadreo, uso de la medicina tradicional, el fortalecimiento de las organizaciones que llevan las voces de manera colectiva como acción política. El racismo que vivimos nos lleva a una lucha radical como mujeres del pueblo negro. Para nosotras, resistir no es aguantar.


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