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El cine que habla por las comunidades remotas de Colombia

© Cortesía Programa de Justicia para una Paz Sostenible, de USAID

Orlando Hernández recuerda la primera vez que asistió a un cine. No era una sala gigante llena de comodidades, como describe esos recintos que hay en las ciudades. Fue en un hotel de Tumaco, Nariño. El proyector era un pequeño video beam y, en vez de largas filas de asientos numerados, había unas cuantas sillas en el lugar. Fue hace tres meses y desde ese día, este indígena awá de 48 años es fanático de los cine foros. Asiste a cualquier encuentro en el departamento con tal de disfrutar de una película o de un buen documental.

Unos kilómetros al sur, por el caudal del río Patía, está Olimpo Quiñones. Vive en Barbacoas, otro municipio escondido en las selvas nariñenses, y hasta hace poco asistió a una función de cine. Para él, las películas se limitaban a esas historias de ciencia ficción que veía en la pantalla del televisor.

Ahora Orlando y Olimpo pueden disfrutar del cine con más frecuencia. Empeliculate con la justicia es una iniciativa liderada por el Programa de Justicia para una Paz Sostenible (JSP) de USAID que acerca la justicia a los territorios y acompaña a las comunidades. Con películas, largometrajes y documentales, promueven la confianza en las instituciones del Estado y conversan sobre la cultura de la legalidad, la búsqueda de personas dadas por desaparecidas, la justicia propia y el acceso a la justicia. Esto es importante porque visibiliza la realidad de los pueblos en su situación sociocultural, generando identidad y compromisos con las mismas comunidades”, dice Olimpo.

Para algunos, esta ha sido su primer acercamiento con el cine. Familias enteras disfrutan de las funciones proyectadas en Empeliculate con la justicia.

Foto: © Cortesía Programa de Justicia para una Paz Sostenible, de USAID

Empeliculate con la justicia trabaja en los seis departamentos priorizados por el JSP: Antioquia, Cauca, Córdoba, Chocó, Nariño y Putumayo. También ha creado algunas alianzas institucionales con la Unidad de Búsqueda de Personas dadas por Desaparecidas, la Fiscalía o la Defensoría del Pueblo.

Antes de la pandemia, realizaban las sesiones en algún sitio público, como salones comunales y hoteles. La boleta de ingreso era el interés para ver las películas y participar luego de la transmisión. La cartelera exalta el talento nacional e incluye producciones como Los colores de la montaña, dirigida por Carlos Arbeláez; Los días de la ballena, de Catalina Arroyave; Un asunto de tierras, de Patricia Ayala Ruiz, y El silencio del río, de Carlos Tribiño. Todas relatan historias en el marco del conflicto armado colombiano.

También hay lugar para los documentales sobre la justicia, en especial sobre la jurisdicción indígena. “Este proyecto ayuda a visibilizar los valores sociales y culturales de nuestros pueblos―cuenta Orlando―. También a intercambiar conocimiento entre los pueblos indígenas y saber qué tiene el uno y qué tiene el otro. Es esencial para retroalimentar las justicias ordinarias y propias”. Gracias a las películas, Orlando ha aprendido sobre sus compañeros arhuacos, wayuu y paeces, que están a kilómetros de distancia. También sobre aquellos más cercanos, como los indígenas pastos o los embera.

Directores y actores de las películas han asistido a las proyecciones de Empeliculate con la justicia.

Foto: © Cortesía Programa de Justicia para una Paz Sostenible

Es fundamental que las películas que hablan de nuestra realidad y del conflicto puedan llegar, comunicarse y sentirse con las personas de las cuales nacen estas historias”, dice Carlos Tribiño. Su largometraje, El silencio del río, es un insumo para la Unidad de Búsqueda de Personas dadas por Desaparecidas y ha sido proyectada en colegios y universidades. Carlos ha obtenido varios reconocimientos nacionales e internacionales; sin embargo, el mejor premio fue verla en las proyecciones caseras de Empeliculate: “Mi interés era que se viera en las regiones. Cuando ocurrió, se dieron cuenta de que el cine también habla de ellos y que uno, así sea de la ciudad, está hablando de una realidad rural y del conflicto. Al ver la película sintieron que tenían voz y que eran apoyados. Eso es un granito de arena”.

Carlos recuerda el proceso de creación e investigación. Leyó a Alfredo Molano, recorrió varias zonas y escuchó los relatos de familiares que habían perdido a sus seres queridos en el caudal del río. Grabó en Bellavista, un pequeño pueblo en la desembocadura del río La Miel, que conecta con el Magdalena. Allí encontró a una comunidad que, en su mayoría, eran mujeres, pues los hombres habían sido víctimas de desaparición o desplazamiento forzado. Carlos tenía miedo de que la película recreara el dolor de las víctimas y abriera algunas heridas. Fue un juicio a priori. Las mujeres lo acogieron bien y le agradecieron por El silencio del río. Incluso, algunas le ayudaron en la producción, con el alojamiento o la alimentación, y fueron actrices secundarias o extras.

Con esa experiencia, Carlos confirmó su tesis, que las películas adquieren dos formas principales: son semillas que germinan y viven en las regiones remotas del país, y son fósiles que cuentan el pasado de aquellas comunidades. Para él, el cine que prioriza la comunicación en vez del entretenimiento es un espejo de alguien que no suele ser protagonista pero necesita serlo.Pienso que esta película es una herramienta de memoria y para colaborar en la no repetición de estos hechos”, cuenta.

Carlos visitó Apartadó (Antioquia), Tierralta (Córdoba), Tumaco (Nariño), Quibdó (Chocó) y Puerto Asís (Putumayo). En cada municipio, volvió a ver su película con el mismo nerviosismo de la primera proyección. En Putumayo, también realizaron un conversatorio para hablar sobre la función en el cual los asistentes compartieron algunas de sus historias. Le pasó igual que en Bellavista: la mayoría de las asistentes eran mujeres. También eran víctimas directas o indirectas de la desaparición. Hicieron un círculo, se abrazaron entre todos y contaron algún testimonio doloroso o difícil de recordar. Algunas se acercaron a Carlos y, entre sollozos y saludos, le agradecieron por su película. “Ustedes están contando nuestra historia, están diciendo lo que nos pasó. Esto es muy bueno porque necesitamos que nos escuchen y la película lo hace”, le decían.

Esa fue la última transmisión antes de la pandemia. A finales del año pasado, el Programa decidió tomar un descanso, pero cuando retomaron las jornadas inició la emergencia sanitaria por el coronavirus. No se rindieron. Decidieron trasladar las jornadas a la virtualidad. Ahora, las salas de cine son videoconferencias por Zoom y los comentarios, emojis de felicitación. De acuerdo con cifras del proyecto, desde el 15 de abril hasta el 14 de septiembre de este año, se han realizado 63 cine foros que han beneficiado a 2013 personas.

La tecnología nos ayuda a seguir con los cine foros y continuar con nuestro intercambio de saberes―dice Orlando―. El problema es que a veces la señal se va y uno se pierde unos cinco o diez minutos de película, entonces se pierde el contexto”. Orlando vive en el resguardo Cuchilla del Palmar, a cinco horas de la cabecera municipal de Ricaurte. Allí, en medio de la selva, no cuenta con señal telefónica ni de Internet. Si necesita salir, debe llamar a un motociclista para que lo lleve y pagar entre $100 mil y $150 mil por viaje. En Barbacoas ocurre algo diferente. Olimpo no ha tenido tantos problemas para conectarse, pues asegura que su municipio tiene buena conexión. El problema es el recibo  mensual: pagan un promedio de $90.000 por el servicio.

Unas de las proyecciones más recientes fue El silencio del río. Varios chocoanos se conectaron a la transmisión para ver esta película. Olimpo fue uno de los asistentes que disfrutó la película a distancia.

Foto: © Cortesía Programa de Justicia para una Paz Sostenible, de USAID

Con el paso de los días, Empeliculate aumenta el aforo de sus salas y planea otras funciones sobre justicia local y conflicto. Siempre desde una visión pedagógica, entretenida y reflexiva. También invitan a más personas de la comunidad para disfrutar del cine. Algunas, lo harán por primera vez, y otros cinéfilos como Orlando y Olimpo repetirán función. Lo importante es llegar a tiempo, alistar el mecato y guardar silencio. Una nueva película está por iniciar.

 


El próximo cine foro será hoy a las 2:00 p.m. En esta ocasión, transmitirán dos documentales sobre Justicia Especial Indígena: Inkai Awa Guaduales: conflictos familiares y Shinyaki: Procesos/Organización/Autoridades, en compañía de lideresas, estudiantes universitarios y organizaciones sociales de Roberto Payán, Magüí Payán y Barbacoas (Nariño). Podrán conectarse a través de Zoom, haciendo clic aquí. (ID de reunión: 990 7239 4818. Código de acceso: 119694).

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