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Barbacoas, Nariño

El largo viaje de la justicia en Barbacoas, Nariño

José Yosman Arboleda emprende largas travesías para llevar la justicia a una región en donde, en sus palabras, "el Estado no opera ni llega".

Barbacoas cumplió 403 años de abandono y lejanía. Este municipio nariñense es tierra de conflictos, ausencias y recorridos fluviales. Allí, donde para visitar a un vecino hay que viajar en lancha, trabaja José Yosman Arboleda.

Nació en Yalare, una pequeña vereda ubicada en la ribera del río Ñambí, a cinco horas de la cabecera municipal. Desde el 2017 es representante del Consejo Comunitario Alejandro Rincón, una figura de liderazgo que busca el desarrollo de las diez veredas que conforman el Consejo.

Sin importar que el viaje sea mayor a la estadía, José Yosman visita las diez comunidades. Es conciliador y acompañante de la Mesa Directiva de Barbacoas, ambas funciones que exaltan el valor de la justicia autocompositiva. “El Estado no opera y no llega, estamos solos. Trabajamos en pro de avanzar con los nuestros pero no vemos voluntad ni del Estado ni de la justicia ordinaria”, comenta José.

Ante el escepticismo y el abandono, los Consejos Comunitarios han servido como referentes de la justicia local. Basada en los reglamentos internos y en el diálogo, esta justicia incluye la Junta de Gobierno, conformada por siete personas, entre ellas José Yosman, y la Asamblea, máxima autoridad compuesta por varias veredas de la región.

José Yosman visita los asentamientos. Si hay un problema, conoce sus razones. Las más comunes son las riñas, los vecinos bulliciosos, la violencia intrafamiliar y los conflictos por el uso de la tierra. Escucha y conversa con los involucrados y realiza una convocatoria para que la Mesa Directiva repita ese proceso. José Yosman y la Junta evalúan la gravedad del problema y determinan el castigo, siempre en términos de reconciliación e imparcialidad.


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José Yosman cree que la educación es una buena base laboral pero, sobre todo, es una herramienta para ver el mundo de otra manera. Su proyecto a corto plazo es finalizar un técnico en Producción Agropecuaria.

(Foto: © Ángela María Agudelo Urrego)

Dentro de un país tan desigual como este, hay personas que necesitan ayuda para reclamar sus derechos. Siempre se piensa en comunidad, todos luchamos por la misma causa”, dice. Reconoce la falta de oportunidades y el compromiso del Estado pero, con una sonrisa en medio de la frase, habla desde el pensar y el sentir como habitante de un municipio atacado por la indiferencia.

Barbacoas es un municipio de abundancias. Es rico en coltán, oro y carencias. Presenta un alto índice de necesidades básicas insatisfechas (NBI), desplazamiento forzado y conflicto. Además, la crisis humanitaria local se ha incrementado con la reciente ola invernal y la nula atención a temas de salud, saneamiento, educación y niñez.

En cuanto a la tierra, es ideal para la extracción y el alza de la minería ilegal. Por lo tanto, los problemas de linderos son comunes. En el mismo lote un campesino puede sembrar tomates y, dos metros a la derecha, alguien puede tener un cultivo de hoja de coca.

Aunque los grupos armados ilegales ya no son sinónimo de guerra, sí configuran una dinámica alternativa de justicia. La intimidación y la violencia han servido como argumento ante la ausencia estatal y la desconfianza hacia el Ejército y la Policía.

José Yosman tiene una memoria matemática. Recuerda con exactitud el número de resolución del Consejo, las 580 familias que incluye y las leyes que rigen su trabajo. Repite las cifras de manera espontánea. Su buena memoria también le recuerda los años en que la violencia y la muerte lo visitaron.

Debido a la ola invernal, el municipio se mantiene en alerta roja. El nivel de los ríos Telembí, Guachicono, Mira, Tola y Rosario son motivo de preocupación.

El Consejo Comunitario Alejandro Rincón está compuesto por diez veredas: Gallinazo, Resbalosa, Cascajero, La Vega, La Playa, Recodo, Guaigaipi, Cacagual Bocas de Cacagual. Algunas son tan pequeñas y alejadas que no se registran en los mapas.

(Imagen: © Google Earth )

En 2005 la familia Arboleda salió de Yalare hacia Barbacoas. Grupos armados sin identificar asesinaron a un líder local y forzaron el destierro de casi el 60% de la comunidad. Al porcentaje se sumaron indígenas Awá y habitantes de otros asentamientos cercanos. José Yosman paró de estudiar y abandonó la vereda. Volvió un año después junto a sus papás y seis hermanos, luego de que disminuyera la violencia y el deseo de retomar su hogar se fortaleciera. Su mamá ejerció como partera y, junto a su padre, trabajaron en la minería artesanal. Ellos le enseñaron el valor de la educación.

“Mis padres no saben leer pero creyeron en el deber de educarnos. Nosotros -hablando en nombre de sus seis hermanos- les demostramos las ganas de estudiar. Ellos lo hicieron para que tuviéramos un buen vivir. Terminar el bachillerato da una capacidad laboral pero también es una herramienta para ver el mundo diferente”.

Habla con orgullo sobre su trayectoria académica nómada y tardía debido a las condiciones de la región. La falta de dinero y los parámetros escolares lo obligaron a estudiar la primaria en la vereda y el bachillerato en Barbacoas. Viajó a Cali para cursar un técnico en Contabilidad pero no llegó ni al segundo semestre. Su mamá enfermó y por decisión propia, a pesar de perder la media beca que había obtenido, regresó a Yalare.

Cuando vuelvo, veo la carencia de alguien que reclamara el territorio, que hablara sobre las necesidades que existen allí. Eso me llevó a ayudar a mi comunidad porque ya era una persona adulta. Ya puedo reclamar sin ofender ni hacerle daño a nadie, sino dando a conocer la razón a los gobiernos locales y nacionales. Tenemos derechos y también deberes”. Con la compañía y aprobación de los líderes de la Mesa Directiva, asistió e intervino en algunas reuniones, una participación que, sin querer, le aseguró su lugar en ese organismo local.

Con un dejo de nostalgia, vuelve a recordar. El 2017 fue un año de contrastes. En enero su novia falleció y en febrero, gracias al respaldo de la comunidad, fue nombrado representante legal del Consejo. “Si va, de una votamos por usted”, le dijeron sus vecinos y amigos con un tono de confianza que no ha olvidado. El dinamismo y la energía de José Yosman fue suficiente para convencerlos. Con ese voto de confianza y sin aspirar al cargo, ganó un lugar en la Junta de Gobierno, labor que desempeña hasta 2020. Fue la votación más alta en el territorio desde el 2006, cuando se hicieron las elecciones para la resolución del Consejo.

En el área rural de Nariño las únicas vías de transporte son los ríos.

(Foto: © Germán Izquierdo )

“Desde ese día me comprometí en esa Asamblea. Como estaba en proceso de aprendizaje, ellos me ayudaban para que las cosas salieran bien y hasta hoy hemos trabajado en conjunto”, comenta. Los logros colectivos han sido varios: la construcción de una escuela hecha en madera en la vereda La Vega, la creación de acueductos comunitarios y la entrada de cooperaciones y organizaciones locales e internacionales al territorio.

Además, participa en la Comisión Consultiva de Alto Nivel de las Comunidades Negras y en el comité de derechos humanos de Asocodenar. Está atento al manejo del presupuesto municipal para beneficio de la zona urbana y rural y sabe qué pasa con los otros municipios de la costa pacífica.


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Sin embargo, la articulación entre la justicia propia y la ordinaria aún es compromiso del Estado y las autoridades municipales. El Consejo, de 580 familias y 1350 personas, presenta altas necesidades. «Toda la gente que llega lo hace para desangrar el pueblo y no hacen nada para colocar la primera piedra”, dice.

A pesar de esto, es optimista y tiene fe en su trabajo. Según sus cuentas, el panorama de la justicia local ha mejorado. “Me atrevo a decir que estamos en un 90% de recuperación de la confianza, de la buena convivencia, del buen vivir en las comunidades, de creer en nuestros mayores. Hoy podemos creer en nuestros líderes”.

Mientras tanto, sigue con esa sonrisa que tanto lo caracteriza. Para su próximo viaje, le pedirá al río y a la lancha que agilicen el trayecto. Intercala sus horarios semanales entre las diez veredas, sus horas de estudio y el tiempo de juego con sus tres hijas. 

También le queda tiempo para la esperanza. Anhela que la gente les crea a los líderes, que los vean como defensores del territorio y que exista el sentido de comunidad. Espera que el próximo cumpleaños de Barbacoas, en vez de sumar otra ausencia más, inicie un halo de confianza y trabajo en el municipio.

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