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¿Es que nadie se acuerda de los líderes sociales?

© Julián Ríos

Ser líder social en Colombia, y especialmente en el pacífico colombiano, se ha convertido en una sentencia de muerte.

Hay suficientes evidencias al respecto: las crecientes amenazas, las agresiones continuas, intimidaciones, la estigmatización y los señalamientos, que muchas veces vienen desde la misma institucionalidad en cabeza de ministros y otros funcionarios públicos, señalamientos que son amplificados por los altoparlantes de algunos medios de comunicación, y finalmente los asesinatos, que no se pueden ocultar como quien intenta tapar el sol con las manos. Desde la firma del acuerdo de paz de La Habana, en Colombia más de 640 líderes y defensores de Derechos Humanos han sido asesinados en nuestro país, pero en lo que va del 2020 se han asesinado 104 líderes, una desgracia que no para. Recordamos el grito del negro asfixiado en EE.UU. “No puedo respirar». Esa es la voz de asfixia que tiene Colombia a los líderes sociales.

El Plan de Acción Oportuna, la política del gobierno nacional con la que se ha intentado frenar esta matanza, desde su formulación estaba llamado al fracaso. Muy poco han servido las angustiantes alertas de organismos internacionales y las enérgicas actuaciones de la Defensoría del Pueblo.No puede haber ni un líder social o defensor de derechos humanos más asesinado en Colombia y por eso reiteramos la obligación que tiene el Gobierno de reforzar su seguridad y de garantizar la labor social que ellos realizan en todo el país” fue la exigencia de Carlos Negret, Defensor del Pueblo, tras el continuo derramamiento de sangre en zonas como el Cauca, Antioquia, Norte de Santander, Nariño, Valle del Cauca y Chocó, en donde se registran  los mayores niveles de esta política de exterminio.

Ahora hasta la opinión pública se ha vuelto indiferente, máxime cuando la pandemia del Covid-19 nos tiene atemorizados y aislados. Es como si la lucha social y quienes la encabezan hubieran desaparecido.

En la soledad de mi aislamiento quisiera compartirles las palabras que Angie, una joven del Cauca, nos envía por estos días. Quizá esto ayude a que el país entienda lo que los líderes sociales sentimos: Yo he seguido de cerca y a la distancia al mismo tiempo algunos líderes como tú. Pero siempre me he cuestionado tantas cosas, sobre el amor y ese deseo de vivir al que todos tenemos derecho, hoy estoy triste, triste que siento que no puedo más porque cada día más líderes caen y la gente sigue tan indiferente, tan ciega. Creo que en este país hay gente que nunca va ser digno de tenerlos como líderes, jamás van merecer esa sangre que ustedes dejan por defender la vida. Tengo mucha rabia y mucho desconsuelo; ya no sé cómo puede existir gente tan ignorante capaz de matar a quien los defiende, a quien habla por mí y por todos. Y hoy tengo que esconderme a llorar, por qué de eso nos hacen tener miedo estoy sintiendo esto tan horrible y tanta impotencia de no poder hacer nada para ayudar solo me queda hacer lo que pueda desde mi trabajo y mi rutina diaria, allí van a estar siempre de primero los más desprotegido. Se los prometo”.

Las conmovedoras y solidarias palabras de Angie son un bálsamo para recuperar fuerzas. A veces es necesario alejarse y sentir la rabia, incluso llorar.  Desde mi lugar de resguardo, desde un confinamiento al que ya hace más de un año me sometieron, hoy quiero enviarles mi abrazo de paz y de amor. 

Ya son tantas muertes que es como si ninguna doliera, como si todas fueran algo normal. La epidemia de COVID está logrando lo que no había conseguido el establecimiento: que seamos invisibilizados. Asesinaron a Hugo Jesús Giraldo y he pensado mucho en las circunstancias de ese asesinato. ¿Por qué se fue?  ¿Por qué no espero el café que le ofrecían los vecinos? El señor Jesús iba de prisa a plantear los problemas de las comunidades, sentía que un minuto de su tiempo era un año de sufrimiento de quienes esperaban que sus gestiones tuvieran éxito. ¿Por qué subió a la vereda si una semana antes habían matado a su amigo y compañero de lucha? A don Jesús Giraldo le pudo más su espíritu de servir a la comunidad que el miedo: no podía desfallecer. Por eso lo mataron. 

El problema es el silencio indiferente, miramos con morbo desde afuera como si nunca nos fuera a pasar a nosotros. Angie me escribe desde el Cauca que “es triste escuchar a la gente que ya no quiere tener hijos, que ya no quieren estar aquí por qué esto no es vividero, pero luego se contradicen cuando en tiempos de elecciones siguen apoyando la maldad y dejan solos los procesos que dignifican la sociedad”. 

Necesitamos indignación, necesitamos molestia, rabia, repudio contra estos hechos. No nos puede ganar la indiferencia; enfrentemos este genocidio que es también un exterminio de la democracia, por qué eso son los líderes, la expresión más genuina del sistema democrático que soñamos.  Desde el dolor ellos y ellas, a quienes hemos perdido, recojamos su dignidad y legado para insistir en la transformación social, esa será nuestra consigna que con coraje seguirá saliendo de las voces humildes.

Angie me contaba que cuando era más pequeña y sentía miedo de andar sola por la calle su padre la tomaba de la mano y le acompañaba diciéndole que pisara fuerte y caminara con fe hacia adelante. Ella espera un nuevo amanecer con una sola ilusión: que el frío de la noche congele toda maldad y aliviane nuestras preocupaciones, porque al brillar el amanecer habrá más ganas de pisar fuerte.


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