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El Tambo, Cauca

La profesora que enfrentó a guerrilleros y paramilitares

Maria Inocencia Balanta es una docente de El Tambo, Cauca, que habla con berraquera y esperanza. Recuerda cuando evitó las muertes de vecinos y familiares y espera que su liderazgo ayude a las mujeres del municipio.

Maria Inocencia fue abogada y docente sin estudiar dos carreras. Con sus fallos y lecciones salvó la vida de familiares y vecinos del pueblo. Se enfrentó a los guerrilleros y paramilitares que, al querer sancionar a alguien, visitaban la sede de la Junta de Acción Comunal y le preguntaban si debían asesinar o perdonar al «culpable». «¿Con qué autoridad moral les voy a decir que maten a una persona? ¿Qué estaba haciendo ese muchacho para que lo quieran matar?”, les preguntaba María Inocencia. Sin toga y sin martillo, la campesina pronunció sentencias en contra de la muerte.

Con sus declaraciones salvó a más de uno. Quizás por eso su carácter es tan fuerte. No teme enfrentarse a quien vulnere sus derechos y su libertad.

Esta campesina del Cauca ha trabajado por más de 40 años en el área educativa. Es especialista en pedagogía y docente pensionada. Nació en Bolívar pero por motivos laborales se trasladó a El Tambo, ambos municipios caucanos. Allí, en la vereda de Ciprés Pueblo Nuevo, fue víctima de desplazamiento forzado.

Está acostumbrada a hablar y sentir esos pequeños los escalofríos que le corren por el cuerpo. Se vale de anécdotas crudas para retratar la situación de un territorio afectado por los actores armados y la indiferencia estatal. Sin ser consciente y por pura valentía, ha sido una juez que cree en la presunción de inocencia, la persuasión y el respeto a la vida.

Maria Inocencia recuerda un caso en particular: defendió a un joven atacado por la guerrilla que, luego de ser ayudado y como muestra de rencor y venganza, fue integrante de un frente paramilitar.

Foto: © Ángela María Agudelo Urrego

“A veces anda por allí pero conmigo no se meten”

«Profesora, mande a esos niños para la casa. Los paramilitares acabaron de llamar y vienen para acá”, le dijeron a Maria Inocencia. El anuncio de la telefonista regional interrumpió la clase de Educación Física en el Polideportivo del colegio. El desorden era evidente. Niños y adultos corrían sin dirección, buscaban cualquier escondedero para no convertirse en otra de las tantas víctimas que contaba la región.

Maria Inocencia no había cumplido ni una semana en el municipio, al que había vuelto por su compromiso social y su “obligación” con los estudiantes. Su exilió solo duró 15 días y desde que regresó ha permanecido el El Tambo. 

Sobre el orden público se refiere al “miedo” y al “conflicto” en la misma frase. Cuenta los años y calcula. La situación crítica se vivió entre el 2000 y el 2003, cuando cada domingo se enumeraban dos o tres masacres, según sus cuentas. Había un indicio: identificaban al integrante de un algún grupo criminal y así se paseara sin uniforme y vestido de civil, sabían lo que significaba. “Dios mío, ¿a quién le tocará hoy?se preguntaba Maria Inocencia. Eso era como palabra del Espíritu Santo. Mataban a alguien”.


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El temor ni siquiera dejaba a trabajar al alcalde,  también víctima de amenazas e intimidaciones. Si los habitantes de las veredas le informaban sobre la violencia que los atacaba, él sabía muy bien de qué estaban hablando. El funcionario incluso fue obligado a abandonar su despacho e irse a Popayán.

Salir de El Tambo no era una opción. A pesar del conflicto y de las advertencias, los habitantes se rehusaban a salir de su lugar. Con orgullo, Maria Inocencia afirma que hay una relación inseparable entre el territorio y la población afro. Evitan ir a la ciudad porque están sujetos a una ruleta rusa que les dispara con apatía o indiferencia. 

Maria Inocencia se vale de gestos y sonidos para reflejar lo que opina y lo que sabe. Con una expresión de rechazo, niega la presencia de la Policía, el Ejército y el Estado durante esos años. “Esa gente no se veía. Allá nosotros luchábamos solos, a la voluntad del Todopoderoso”, comenta.

Maria Inocencia recuerda que existían zonas rurales del municipio destinadas para llevar, confinar y asesinar a los campesinos.

Foto: © Archivo Semana

*  *  *

“¿Qué te ha hecho mi muchacho para que vos lo querás matar? ¡Mátame a mí que ya no sirvo para nada!», le gritó Maria Inocencia a alias ‘Manteco’. Aún siente cómo el fusil del ‘para’ y su cuerpo se cruzaban, como si bailaran una tétrica melodía acelerada.. Maria Inocencia abrazaba al paramilitar mientras su sobrino escapaba. ‘Manteco’ quería matarlo por tener un celular con cámara, un dispositivo prohibido en la zona.

A ese hombre lo iba a dejar veringo, Santísima Trinidad”, cuenta. Su abrazo en forma de ataque casi le quita la camiseta a ‘Manteco’. Maria Inocencia calculó un tiempo prudente para que su sobrino huyera y soltó al enemigo. Corrió hacia su casa, se detuvo en la puerta y lo enfrentó, una vez más.

━ Usted me responde.

¡Claro! Yo le respondo. Sé bien quién es mi sobrino”.

‘Manteco’ se despidió con una sentencia: una semana después, la esperaba en la vereda Cabuyal. Con osadía y firmeza, Maria Inocencia le advirtió que  llegaría temprano al encuentro. Cumplió su promesa. Ese día, pidió un caballo a las 8:00 a.m. y al mediodía ya estaba esperándolo. Después de un tiempo, ‘Manteco’ llegó. Con risas y un tono simulado de camaradería, dijo: “»dígale a ese huevón que vuelva a la casa. Éramos hasta amigos pero si no me lo quitan ese día, lo mato«.

Maria Inocencia recuerda y se ríe con escozor. No fue la única vez que encaraba a sus victimarios. Retoma su lista de indultos y menciona un caso aparte a su familia. Una vez, tres mujeres que vendían bazuco subieron al estrado. Una de ellas estaba embarazada, lo cual  no impidió que los guerrilleros las llevaran a un juicio que solo apuntaba al asesinato. Maria Inocencia intervino y les preguntó si sabían el por qué las mujeres actuaron de esa manera, los cuestionó sobre los niños que quedarían huérfanos y los convenció de cambiar el homicidio por una sanción ejemplar, como sacar bultos de arena del río sin ningún tipo de ayuda.

Las cuatro mujeres, contando a la bebé, se salvaron. Con ternura, Maria Inocencia cuenta que es madrina de la niña que logró salvar.

Nosotras como mujeres no tenemos tierra, la tierra es de los hombres

Esta campesina del Cauca sabe que ser mujer rural significa un mayor desafío que ser mujer de la ciudad. El machismo en los campos colombianos es aún más fuerte que en las ciudades. Las mujeres del campo trabajan la tierra pero casi nunca le sacan provecho económico a su labor. Con risas y sarcasmo, Maria Inocencia asegura que muchas veces la mujer trabaja y el hombre es quien «se bebe» la plata de la cosecha.

Por eso lidera el consejo comunitario «Las Almendras», compuesto por 61 mujeres que combaten la dominación y el machismo económico, además de promover una idea productiva ligada a sus gustos y habilidades. Fabricar guambias, bordar, tejer y hacer ollitas e instrumentos de barro serán algunas actividades que realizarán. Su proyecto también está a la espera de obtener una finca de 120 hectáreas para cultivar yuca, maíz, frijol, plátano y sacha inchi, un nuevo producto cuya semilla es rica en proteínas. “Vamos a ver si mi Dios y la Santísima Virgen nos ayudan a conseguir esa finca”, dice Maria Inocencia.


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Dentro del consejo comunitario trabajan sobre la educación y la paz. Adquiere una postura firme y se señala así misma, se da pequeños golpecitos en el pecho. “No puedo hablarle a una persona de paz si en mi interior no hay nada. La paz tiene que nacer desde uno mismo y cuando yo la tengo, la irradio a mi familia. Si ellos tienen paz, se la irradian al vecinos y así sucesivamente. La paz no se construye en el aire o hablándole a la gente en público. Eso debe empezar por uno mismo”.

Si le preguntan por la educación, considera que es el mejor regalo que pueden recibir «sus muchachos», como los llama con un amor casi maternal. Ha ayudado a construir tres sedes de bachillerato y quiere crear alianzas con el SENA y la Universidad del Cauca para incluir capacitaciones más allá de las aulas de colegio y del grado 11. Maria Inocencia cuenta que solo algunos afortunados alcanzan esta instancia educativa que ni siquiera les asegura un respaldo profesional, laboral y financiero.

Si le preguntan por su papel de líder, afirma que es una vocación que adquirió desde su nacimiento y su trayectoria laboral. Su experiencia le ha enseñado que es la combinación ideal para enseñar a los jóvenes afro y para entender que si ella sufre, puede haber otras personas que sufren las mismas consecuencias del conflicto. Para Maria Inocenca, la unión y la disciplina son la mejor alternativa. “Si ellos ponen problema, ahí estoy yo”, dice, ignorante de que su frase es válida para proteger a sus alumnos y defender la vida de su comunidad.

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