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Necoclí, Antioquia

Las manos indígenas que tejen para rescatar sus saberes ancestrales


Antes de nacer, Florita Chambez Arteaga sabía que algún día tejería con el mismo talento y delicadeza de sus ancestros. A los seis años lo confirmó: su madre le enseñó el arte de la confección y de las molas, una pieza textil elaborada por las mujeres indígenas gunadule que significa identidad y protección. Aprendió a imitar las puntadas que hacían su madre, tía o abuela. También aprendió que el cantar de un ave o las hojas de un árbol eran suficiente inspiración para tejer. Hoy, Florita tiene 26 años y vive en Caimán Nuevo Bajo, un resguardo indígena en Necoclí (Antioquia), y empuña aguja e hilos para honrar a sus ancestros y rescatar una tradición que ni la violencia ni el desplazamiento han logrado acabar.

Florita es lideresa del resguardo y dirige la confección de molas para obtener ingresos y preservar la tradición. Por eso, es integrante de Manos Ancestrales, una estrategia de la Unidad de Restitución de Tierras (URT) que beneficia a las comunidades indígenas y les ofrece una alternativa económica y de supervivencia cultural: la comercialización de sus productos típicos. Artesanías, bisutería, cerámicas y otros símbolos hacen parte de esta apuesta para reivindicar la tradición y la vida indígena.

Esto es una deuda que tenemos con las comunidades indígenas y negras. Desde la Unidad, y teniendo en cuenta el reconocimiento y la protección especial que tienen los pueblos étnicos, hicimos algo adicional para garantizar la permanencia de su diversidad”, cuenta Marcela Morales, subdirectora de la URT. Según la Corte Constitucional y la Organización Nacional Indígena de Colombia (ONIC), en Colombia hay 115 pueblos indígenas, y 68 de ellos se encuentran en riesgo de exterminio físico y cultural. La URT trabaja con la mayoría de ellos para restablecer sus derechos territoriales y, en el caso de Manos Ancestrales, también su cultura. El primer paso fue revisar cuáles de esos pueblos confeccionaban artesanías, sin importar si estaban en la etapa de caracterización (trabajo en territorio con las comunidades) o en la judicial. Identificaron 10 departamentos y 24 municipios del país, en los que encontraron aproximadamente 27 pueblos que realizan algunos productos famosos, como las mochilas o los chinchorros, y otros que merecen más reconocimiento, como los canastos wounan.

Florita es lideresa indígena gunadule y también traductora. Es el enlace entre el gobierno municipal y sus compañeras, pues muchas no hablan español.

Foto: © Cortesía Unidad de Restitución de Tierras

Por tratarse de una política pública, la Unidad y Manos Ancestrales cuenta con el apoyo de otras entidades como la Unidad de Víctimas, la Agencia de Desarrollo Rural y los Ministerios de Agricultura y de Salud y Protección Social. “En la medida en que trabajemos de manera articulada podemos dar a conocer todo lo que implican los saberes ancestrales y entender que estos objetos no se limitan a lo comercial —dice Marcela—. También tienen una historia, en la que cada comunidad cuenta quién es y cuál es su cultura”.

La planeación de Manos Ancestrales inició hace un año, pero el lanzamiento se dio en diciembre de 2020. Decidieron hacerlo con dos pueblos, a manera de piloto: las mujeres gunadule del resguardo Nuevo Caimán en Necoclí (Antioquia), donde vive Florita, y los indígenas eperara siapidaras asentados en Guapi (Cauca). En septiembre, con el final de las restricciones por el coronavirus, un grupo de la Dirección de Asuntos Étnicos y los equipos territoriales visitaron ambas comunidades. Conocieron el inventario de productos, identificaron las artesanías, recolectaron información y grabaron un video promocional para redes sociales.

Además de las necesidades de los pueblos indígenas, la URT se inspiró en otra de sus rutas: Proyectos Productivos, que ayuda a familias campesinas víctimas de desplazamiento forzado a comercializar sus productos (pimienta, maíz, fruta, café, entre otros). Por ejemplo, familias de Putumayo que integran esta ruta cultivaron la pimienta, emplean en las cadenas de restaurantes bogotanos. La diferencia es que Manos Ancestrales se concentra en las comunidades étnicas, pero ambas iniciativas están amparadas en Frutos de la Restitución, otra gran estrategia de la URT. “Cuando hablamos de reparación integral, nos referimos a darles herramientas para garantizar su autosostenimiento. No basta con recibir la tierra, sino que debe haber medidas complementarias para tal reparación”, dice Marcela.

Aunque los indígenas gunadule y los epedearas siapidaras ya cuentan con la demanda para restablecer sus derechos territoriales, aún está pendiente el fallo. En el caso de los primeros, aún no han obtenido todo el terreno que les pertenece. La Unidad reconoce el impacto étnico y diferencial del conflicto armado y reitera su compromiso para restituir de manera integral a las víctimas afro e indígenas, recuperar sus derechos históricos sobre la tierra y construir la paz. De acuerdo con la Unidad de Víctimas, “384.886 indígenas han sufrido afectaciones por las confrontaciones y por la violencia perpetrada contra ellos, directa o indirectamente, por parte de grupos armados”. También fueron víctimas de desplazamiento forzado derivado del confinamiento, la minería ilegal, los artefactos explosivos improvisados y los cultivos de uso ilícito.

Florita no fue víctima de desplazamiento forzado, pero recuerda las historias que sus padres y ancestros le contaron. Antes vivían rodeados de árboles, en plena selva antioqueña, a unas cuatro horas de la carretera principal que atraviesa el municipio. Por ahí, camuflados entre la naturaleza, cruzaban la guerrilla y los paramilitares. El miedo y la zozobra los obligaron a salir y asentarse en otra zona. Buscaron lo que es primordial para nosotros: la tierra”, cuenta Florita. Ahora viven al pie de la carretera.

Florita ha unido esfuerzos con sus compañeras y familia para que el pueblo siga unido y la vida florezca en sus tierras. También aprovecha un pequeña área para mantener los cultivos de plátano, yuca, maíz, banano y otros alimentos típicos de la región. “Somos mujeres poderosas, mujeres que resisten a pesar de todo lo que ha pasado”, dice Florita. En el grupo cuentan 100 mujeres indígenas, pero esta líder asegura que el número no define su trabajo. No habla de 100 sino de todas las mujeres de Caimán Bajo, pues las puertas siempre están abiertas por si alguna vecina quiere unirse y confeccionar molas.

Las hay de dos tipos: geométricas, que sirven como protección ante los malos espíritus y las enfermedades, y las de la naturaleza, que parecen ser fotografías coloridas de animales, plantas o paisajes. “Cada mola es una creación”, dice Florita, quien explica su proceso de escritura. Sobreponen varias capas de tela, cortan y toman una pequeña aguja y empiezan a dar pequeñas punzadas para diseñar la figura correspondiente. Las mujeres requieren de mucha concentración, pues las punzadas son hechas a mano, tienen una medida milimétrica y representan la habilidad de la tejedora.

Manos Ancestrales tiene que ver con el arte de cada comunidad —cuenta Florita—. La invitación es que todos los colombianos conozcan la cultura y la creatividad de las mujeres indígenas”. La socialización se ha hecho a través de redes sociales, boletines institucionales y otros programas de la URT. En el caso de Caimán Bajo, las indígenas se adelantaron al proceso y crearon su propio perfil en Instagram y tienen una ruta alterna de comercialización, pero Manos Ancestrales ayuda a potenciar aún más tales avances y la mayoría de hogares colombianos pueda tener un pedacito de los territorios indígenas.

Las molas que realizan las mujeres gunadule se caracterizan por sus colores vivos y la experticia de cada puntada. Las tejedoras las usan como prendas de protección o como decoración de accesorios varios.

Foto: © Cortesía Unidad de Restitución de Tierras

Si bien Manos Ancestrales es una de las tantas iniciativas de la URT, el equipo encargado siente orgullo al ver el potencial de su apuesta. Sobre todo porque construyeron puentes en lugares donde parecía imposible hacerlo. A pesar de que lleva solo dos meses, la estrategia ya tiene la etiqueta de “éxito”. Algunos curiosos envían mensajes por redes sociales para conocer el catálogo completo, y otros preguntan cómo y cuánto pagar por los productos. Incluso, algunas marcas nacionales e internacionales han mostrado su interés y se han convertido en posibles aliados.

El objetivo es que las comunidades ganen. Por eso el equipo de la URT verifica las referencias, la reputación y los antecedentes de las instituciones interesadas para evitar problemas o engaños económicos. Una vez comprueban que el acuerdo es seguro, hablan con Florita para que ella y sus compañeras tomen el mando y concreten el negocio.

Este año esperan beneficiar a otras quince comunidades indígenas en departamentos como Córdoba, Cesar, La Guajira y Putumayo. El primer paso es continuar con la recopilación de datos de aquellos pueblos con quienes trabajan en el restablecimiento de sus derechos territoriales. También quieren garantizar el reconocimiento y la sostenibilidad del proyecto para que, en dado caso, las comunidad de a conocer sus productos a nivel nacional e internacional.

Queremos seguir contando historias con un final feliz porque las comunidades étnicas regresan a sus territorios —dice Marcela—. A través de sus manos, de sus artesanías se reflejan sus oficios y saberes”. Florita está de acuerdo, y por eso teje con conciencia y delicadeza, porque cada punzada es un renglón nuevo. Aún no sabe si tejerá una mola para decorar prenda, una billetera u otro accesorio. Solo tiene la certeza que descubrió hace 20 años cuando su madre le enseñaron el arte de la confección, pues con colores, hilos y agujas descubrió que podía seguir con la historia que sus ancestros iniciaron y con la tradición que nunca abandonó su territorio. 

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