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Arauquita, Arauca

Los hitnü: un pueblo nómada que no tiene a dónde ir

© Cortesía Miguel Ángel Barbosa

El 7 de agosto, mientras las banderas de Colombia se agitaban en las entradas de las casas, Miguel Ángel Barbosa viajó once horas para comprobar los rumores de un asesinato. Este periodista de la red de emisoras comunitarias salió de Arauca a la madrugada en su moto, que lo acompañó hasta el sector conocido como Las Galaxias. Desde allí, en un caballo rucio sorteó el caño y la montaña que lo separaban del resguardo La Vorágine. Cuando estaba a punto de llegar, en un claro rodeado de arbustos, el caballo resopló y frenó en seco mientras un relajo de moscas volaba a la altura de sus cascos. Minutos después, un indígena de camisa azul turquesa señalaba que, justo donde el caballo se detuvo, se hallaba el cadáver del gobernador hitnü Mauricio Pedroza.

Hasta hace unos treinta años, los hitnü vivían como nómadas en un terreno de más de 18 mil hectáreas. Sembraban yuca y plátano, construían bohíos transitorios y tallaban flechas de caña brava y arcos de maracay con los que cazaban dantas, cachicamos y picures. Hoy, convertidos a la fuerza en una población sedentaria, habitan los municipios de Tame, Arauca y Arauquita, en un área cuatro veces más pequeña que la que alguna vez tuvieron. Quedan unos 600: los últimos pobladores de una comunidad que está camino a desaparecer.

Datos de la Comisión de la Verdad muestran cuan profunda es la huella de violencia en Arauca. De las 265 mil personas que habitan el departamento, 103 mil están registradas como víctimas del conflicto armado, y se estima que hay 45 mil más fuera del registro. 

Los indígenas han sido víctimas directos de la violencia desde que llegaron los primeros colonos. Una de las prácticas más salvajes eran las guahibiadas, como se conocieron a las cacerías de indígenas de las que se tienen registro hasta 1970. En las últimas décadas, los principales enemigos de los hitnü han sido el petróleo, la llegada de colonos que se asentaron en sus tierras y un conflicto entre grupos armados que no cesa. 

Miguel Ángel llegó a la comunidad Hitnü después de 11 horas de viaje.

Foto: © Cortesía Miguel Ángel Barbosa

Estella Pérez, líder de la etnia Sikuani y presidente de la asociación de cabildos y autoridades indígenas de Arauca (ASCATIDAR), explica que las dinámicas impuestas por la coexistencia con grupos armados y campesinos foráneos han afectado el modo de vida de los hitnü. “Los llamados actores armados mataron indiscriminadamente los animales que los indígenas cazaban. Incluso los que no se come nadie. A esto se suma la llegada de campesinos, que ocuparon sus tierras e impusieron dinámicas ajenas”

Hasta hace unos años, los hitnü iban con su esposa a donde fueran, cuenta Estela. Ahora han adoptado conductas que no son propias de sus valores, como beber sin control y alejarse de sus familias. Esos comportamientos han minado la gran fortaleza que caracteriza a los indígenas de cualquier etnia: la unión, el pensamiento comunitario por encima del individual. 

En varias ocasiones, los arcos templados y las flechas filudas han protegido a los hitnü. No fue el caso de Mauricio Pedroza. Miembros de las disidencias del frente 10 de las Farc lo sacaron de su casa el 5 de agosto y lo mataron a las afueras del cabildo. A la mañana siguiente, los hermanos de Mauricio enterraron el cuerpo, y solo dos días después, una comisión encabezada por Estella pudo confirmar el crimen. En una región de caminos sinuosos, sin luz ni servicio de celular, las noticias vuelan lento. 

La escuelita del resguardo La Vorágine parece una construcción abandonada.

Foto: © Cortesía Miguel Ángel Barbosa

Cuando Miguel Angel bajó del caballo rucio, con la espalda hecha un solo nudo, preguntó a los hitnü por qué se habían demorado comunicando el crimen. La respuesta de uno de ellos fue: Es que no tenemos ni una flechita. No podemos llamar”. Quien reportó el crimen fue una etnoeducadora. Si ella no avisa, habrían pasado varios días antes de que se conociera.

Unos dicen que al gobernador hitnü lo mataron por haber matado una res ajena. Otros aseguran que fue un castigo contra su familia, pues uno de los hermanos del líder indígena se desmovilizó de las Farc y era considerado por las disidencias como un traidor. 

El pasado 7 de agosto, Miguel Angel no solo registró el asesinato de Pedroza, sino las condiciones en que viven los hitnü: incomunicados, en casas remendadas con parches de lonas verdes, junto a una escuela por cuyo techo ahuecado se cuelan rayos de sol y chorros de agua. A su regreso a Las Galaxias, donde lo esperaba su moto, se dejó llevar por el caballo rucio, que conocía bien el camino a casa. “Cuando volvía pensé en un joven hitnü que entrevisté. Tenía 14 años. Me dijo que había terminado la primaria, pero había abandonado el estudio porque sus papás no tenían dinero para los libros ni los cuadernos. Yo pensaba: lejos de todo y sin estudio, a este muchacho lo espera la guerra”. 

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