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Putumayo, Colombia

Los kofanes: guardianes del bosque

© Ángela María Agudelo Urrego

Hace más de cinco siglos, luego de batallar contra los incas, los indígenas kofán bajaron de las montañas para asentarse en el piedemonte, donde la cordillera de los Andes le da paso a una de las regiones más biodiversas del planeta: la cuenca amazónica. Este pueblo, cuyo mandato espiritual es defender la naturaleza, ha resistido la esclavización de los colonos, las epidemias que trajeron los españoles, la fiebre del caucho y la violencia impuesta por el narcotráfico y el conflicto armado. Alrededor de 1.000 kofanes habitan hoy las selvas de Putumayo. Son los últimos sobrevivientes de una cultura donde el castigo físico no existe y el yagé lo rige todo.

El yagé es la vida de los kofán, dice el taita Querubín Queta, la máxima autoridad de su pueblo en el Putumayo y uno de los últimos sabios que quedan. Una corona de plumas de guacamayo decora su pelo plateado y un collar de dientes de jaguar le cubre el pecho. Un par de profundas arrugas recorren cuesta abajo sus mejillas, como si fueran dos brazos de un mismo río. Son las marcas de quien ya cumplió 107 años.

En su mente intacta, Querubín guarda la preocupación de que los saberes ancestrales del pueblo kofán se pierdan. Sabe que no vivirá mucho más y que pocos miembros de su comunidad están interesados en seguir sus pasos. Son contados los que se embarcan en una aventura de aprendizaje que implica 40 años para convertirse en el guía de un pueblo. Uno de ellos es César Chapal, quien desde niño se prepara con el taita Querubín y el taita Eliseo. 

César, quien desciende de una familia de taitas, nació en las riberas del río Guamuez, en una comunidad llamada Bocana de Luzón. “Mi tío Salvador era un gran sabio –cuenta-. Tomaba yagé, empezaba a danzar y desaparecía. Luego se oía un tronar en el río, como una bomba, o se escuchaba su canto allá en lo alto de una montaña. Al rato, mi tío regresaba cargado de chonduro: una planta medicinal que usamos los kofán”. 

Otro pariente de César, el taita Filemón, daba instrucciones a sus familiares luego de tomar yagé con la calma de quien cuida cada palabra: “Mañana a las 9.00 a.m.  -decía- cruzará por la quebrada un grupo de dantas. Cuando las vean, cacen tres y no más de tres. Luego repártanlas entre toda la comunidad. No son para ustedes: son para todos”.

La voz del taita es la más respetada por los kofán. Ellos, como los 102 pueblos indígenas que habitan Colombia, imparten su propia justicia, amparada por la Constitución de 1991, cuyo artículo 246 dice: Las autoridades de los pueblos indígenas podrán ejercer funciones jurisdiccionales dentro de su ámbito territorial, de conformidad con sus propias normas y procedimientos, siempre que no sean contrarios a la Constitución y leyes de la República. La ley establecerá las formas de coordinación de esta jurisdicción especial con el sistema judicial nacional”.

La justicia propia de los kofán está basada en prevenir, sanar y corregir. Todas las etapas suponen el consumo del yagé. “Mucha gente no lo entiende, pero para nosotros beber yagé es tan vital como comer. Así de sencillo”, dice César. La primera etapa es la más importante. Lo ideal es que la prevención sea suficiente para mantener la armonía de cada individuo y de la comunidad.

Si en otros pueblos indígenas la última instancia es el cepo, en los kofán es una ceremonia de toma de yagé en la que la persona que cometió la falta siente en cuerpo y alma lo que se sintió la persona que ofendió, perjudicó o lastimó. Se trata de experimentar el sufrimiento del otro por medio de un acto ceremonial.

Foto: © David Rodríguez Mora

Hoy la justicia étnica cumple un rol importante en un aparato judicial como el colombiano, donde la demanda de justicia supera con creces a la oferta. Datos de la Corporación Excelencia en la Justicia indican que, lejos de mejorar, el índice de congestión de la justicia ordinaria ha aumentado. En 2009 era del 31 por ciento; diez años después, en 2019, llegó al 54 por ciento. En el caso de la justicia administrativa, la congestión es del 59 por ciento.

Como ocurre con las zonas más vulnerables, Putumayo, donde habitan los kofán, no tiene una infraestuctura judicial que cubra las necesidades de una región donde las vías de acceso son deficientes y los actores armados siguen operando. Datos de la última encuesta de necesidades jurídicas insatisfechas indican que en la Orinoquia y la Amazonia -donde se encuentra Putumayo-, la insatisfacción con la justicia es del 67,4 por ciento, superando a la región Pacífica, que registró 63,9 por ciento.

Hoy en Putumayo hay 126 cabildos, además de 29 resguardos de los pueblos  Muinane, Andoque, Huitoto, Camëntzá, Paez, Inga, Murui, Siona, Okaina, Bora, Emberá y Kofán. Entre todos, suman el 18 por ciento de la población del departamento. 

César Chapal representa al pueblo kofán en las mesas departamentales de coordinación interjurisdiccional, creadas para “implementar y consolidar políticas regionales para el fortalecimiento de la coordinación del Sistema Judicial Nacional y la Jurisdicción Especial Indígena en las regiones”.

Allí, dice César, ha podido comprobar que muchos jueces, fiscales y otros miembros de la institucionalidad saben que la Constitución avala la justicia indígena, pero aun así no la reconocen. “Simplemente no la validan. Por eso hacemos un trabajo muy fuerte en los comités locales de justicia para que nos reconozcan, que aprendan nuestra cosmovisión. Que no se trata de que uno esté o no de acuerdo, sino de aceptar”.

César Chapal pide que se reconozca y se respete la justicia propia del pueblo Kofán.

Foto: © David Rodríguez Mora

© David Rodríguez Mora

Reconocer la validez de la justicia indígena en la práctica es reconocer la multiculturalidad de Colombia. Los Kofán son como un fuego que no se apaga a pesar de los ventarrones que lo azotan. Muchos de los mayores, cuando eran niños, estudiaron en internados indígenas católicos. Allí, hablar su lengua, el A’Ingae, era una pena mayor cuyo castigo era permanecer largos ratos arrodillados sobre guijarros sosteniendo una roca en cada mano. Muchos de esos mayores se rehusaron a enseñar la lengua ancestral a sus hijos, temerosos de que corrieran la misma suerte que ellos. 

El reconocido profesor y teórico de la literatura George Steiner dijo en una entrevista: “Si nos convertimos en un planeta monolingüe, o casi monolingüe, ello supondría una pérdida tan grande como la de la fauna y la flora, que como se sabe, estamos destruyendo por todo el globo”. La cita de Steiner sirve para concebir la importancia de que la cultura kofán, su lengua y sus creencias, no mueran. 

Los kofán siguen esperando el reconocimiento que han heredado desde tiempos remotos. Hoy, el 82 por ciento de su territorio está invadido por colonos que siembran coca. A esto se suman los desplazamientos que han sufrido por décadas y que, según César, no han sido siquiera registrados. Muchos se han ido a Ecuador, donde habitan algunas comunidades kofán. 

A medio camino en su marcha para convertirse en taita de su comunidad, César considera que uno de los grandes consejos que ha aprendido de sus maestros es valorar y respetar el yagé como el gran orientador de su pueblo. Otro aprendizaje, obsequio del taita Querubín, es el siguiente: “No somos ni católicos, ni evangélicos, ni gnósticos, ni protestantes, ni piedrangulares. La espiritualidad no se hace para dominar a nadie. Nosotros tenemos la nuestra. Una forma de trascender en la vida, de orientar, de sanar y de hacer el bien”. 


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