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Ser feminista no significa dejar de ser wayuu

Archivo Semana

Aunque Remedios y Jazmín ya no viven en La Guajira, sus ombligos siguen conectados con ese territorio. Salieron del departamento para estudiar y trabajar alrededor de una inconformidad conjunta: están en contra de la violencia que las mujeres indígenas viven en sus comunidades. Aparte del esfuerzo, esta labor les ha traído los señalamientos de algunas de sus compañeras, que las acusan de desconocer sus tradiciones y su cultura.

En palabras de Remedios, ambas “leen, cuestionan y son inquietas al interior de su cultura”. Quieren romper el silencio y escuchar esas experiencias que niñas, adolescentes y mujeres relatan en español o en lengua nativa. Ambas expresaron su rechazo ante las declaraciones de Fabio Zuleta, locutor que el pasado 24 de marzo alegó al humor y conversó con un palabrero wayuu sobre las mujeres y las niñas de este pueblo indígena. Sin embargo, más que determinar la culpabilidad de Zuleta, esperan abrir un debate que impulse transformaciones sociales y políticas que protejan a las mujeres.

A pesar de las denuncias y la lucha que han realizado, su trabajo es una tarea a largo plazo. Su objetivo no contraria las prácticas ancestrales ni deslegitima las normas propias de los pueblos. Quieren partir desde el feminismo como un componente indispensable para defender los derechos humanos de las mujeres indígenas de Colombia.

Remedios Uriana (izquierda) y Jazmín Romero (derecha).

Foto: © Cortesía Remedios Uriana y Jazmín Romero. Realización propia.

Justicia Rural: ¿Qué opinan de la suspensión temporal o transitoria del programa de Fabio Zuleta?

Jazmín Romero (J.R.): No es un asunto de disculpas. El Estado y entes como la Procuraduría o la Fiscalía deben estar ahí. Se están violentando las convenciones internacionales y los tratados que ha firmado Colombia para erradicar la violencia contra las mujeres, la infancia y la adolescencia. Nuestra intención no es viralizar el video. Debe haber una consecuencia sobre los dos personajes porque incitan a la violencia contra las mujeres, en especial contra las wayuu. No fue un video humorístico. Cuando él dice “quiero que no se mueva”, hace referencia a la violencia; “sin pelo”, a la pedofilia; “¿en cuánto la vende?”, al proxenetismo y al tráfico de mujeres. No podemos dejar que Zuleta y el Palabrero hagan como si nada y seamos las mujeres quienes hagamos el debate. Lo que exigimos es justicia, no una simple excusa. La misma Constitución habla de los derechos infantiles y la realidad es otra. Tiene que haber consecuencias contundentes.

Remedios Uriana (R.U.): Es muy indignante para las mujeres en general, sobre toda para nosotras las wayuu. Nos dicen “las wayuucitas”, “las que venden camarones o artesanías”, “las paisanitas”, “las marchantas”… El odio, el racismo, la discriminación y la burla contra los pueblos indígenas siempre han estado ahí, solo que este video los sacó a la discusión pública. También tenemos que juzgar al indígena que es parte de nuestro pueblo. Si bien es cierto que tenemos una cultura autónoma, nuestras costumbres no pueden pasar por encima de los tratados internacionales, de la Constitución ni menos sobre el Código de Infancia. Las mujeres indígenas somos ciudadanas colombianas, tenemos los mismos derechos. Nosotras como feministas debemos desnaturalizar estos tipos de violencias basadas en género que hay dentro de nuestra cultura. De alguna manera, debemos interpelar y refutar para hacer una transformación política y social de los DDHH. Esto no quiere decir que pierda mi identidad. Amo mi cultura, hablo mi lengua y aprecio a las mujeres que viven en las rancherías, pero nuestra lucha son los DDHH, que debe garantizar el Estado.

 

¿Qué otros problemas enfrentan las mujeres wayuu e indígenas?

R.U.: La desnutrición infantil, la desnutrición en personas mayores y la alta tasa de embarazos infantiles. Somos el segundo departamento más pobre de Colombia, después de Chocó, y muchas de las mujeres que viven en las rancherías no tienen oportunidades. Ahí entra mi posición en contra del matrimonio infantil porque cuando ocurre, las niñas pierden todo y abandonan la educación. Enfrentan problemas de salud porque su cuerpo no está preparado para tener hijos, son víctimas de los malos tratos por parte de los esposos y de la violencia de género. Cuando una mujer se casa, se va vivir con la familia del hombre y debe atenderla. Lava, cocina, limpia la casa… Se convierte en una esclava. Es importante resaltar los sufrimientos y la violación de sus derechos fundamentales al trabajar en casas de familia, como la violencia sexual, la trata de personas y la esclavitud doméstica. También hay compañeras wayuu que viven en las ciudades, están bien posicionadas e igual llevan a las niñas para las labores del hogar. Debemos reconocer el machismo que hay dentro de la cultura porque esto no solo caracteriza a los hombres, sino que también está inmerso en las mujeres. Son cosas que, según la tradición machista, posicionan el rol de la mujer.

J.R.: Hay casos en varios departamentos del país en los que familiares de tercer grado o familias adineradas se llevan a las niñas con la excusa de darles educación, pero la esclavizan. Son empleadas sin remuneración, estudian de noche o en la tarde y trabajan casi todo el día. Además de la carga laboral, son víctimas de afectaciones psicológicas por parte de las familias. La explotación laboral de niños y adolescentes es de todo el país. Hay casos en que ni siquiera pueden salir a la ventana porque invaden los “espacios de la matrona”. Por ejemplo, a mí me llevaron a Barrancas, La Guajira, porque mi comunidad estaba a varias horas del casco urbano y la excusa era que no había colegio. Allí sufrí una caída y me golpeé la espalda por lavar un baño. Tenía 12 años. Uno barría la casa porque anhelaba ir a la escuela y no había de otra. Por eso mismo, hoy representamos a las mujeres y nos ponemos las zapatillas de esas niñas que se enfrentan a ese mundo.

Los líderes y palabreros no están asumiendo lo que hoy sale a la luz pública. Esto viene desde hace mucho tiempo. Es un problema que ya tiene raíces”: Jazmín Romero Epieyú

Foto: © Archivo Semana

Desde su posición, ¿por qué es importante hacer cuestionamientos a la cultura indígena? ¿Cómo estos cuestionamientos son base para las transformaciones sociales y políticas?

R.U.: Soy nómada y tengo una hija de 20 años. Me preguntaba si estaba dispuesta a recibir dote por mi hija. Me negaría totalmente. Le diría a mi tío materno, quien es el encargado, que no, y si me echan de la ranchería, que lo hagan. Por ejemplo, veía a mi papá pegándole a mi mamá, y yo, a mis cinco años, debía enfrentarlo. No quiero repetir esa historia, ni para mí ni para otras familias que están en las mismas condiciones en las que yo nací. Debemos ponernos en los zapatos de las mujeres que viven en las rancherías, que tienen necesidades. Hay wayuus que nacieron en cuna y otros que les ha tocado buscar la forma de salir y defender sus derechos como pueblo y, sobre todo, como mujeres. Nosotras no estamos en la ciudad porque queramos, sino porque no estamos de acuerdo con una práctica cultural que vimos desde pequeñas en nuestra comunidad. Ese es nuestro apoyo como activistas y feministas. Es el camino que vemos para esa transformación social y política.

J.R.: Resalto algo y es que estamos en pleno siglo XXI. Hay unos tratados y convenios pactados entre el país y medios internacionales que no deben quedarse en el papel o en el escritorio. Tenemos que volverlos hechos. Para lograrlo, debemos hacer nuestras tareas. El legado es que tenemos que empoderar a las mujeres para que esto no se vuelva a repetir y para que puedan defenderse. No es tarea fácil, no somos bien vistas. Tengo una preocupación y es la falta de información certera sobre el caso del video. No se profundiza el caso y falta mucha pedagogía. Esto nos toca a nosotras a pesar de que nos cueste porque nos discriminan, estigmatizan y desprestigian. Cuando nos declaramos feministas dicen que estamos descontextualizadas culturalmente o que estamos perdiendo nuestro horizonte. Ha sido una dura batalla, incluso en lo personal. En mi casa la lucha ha sido con mi hermano y las labores de la casa. Hay que hablar y decir las cosas que están mal dentro de nuestra cultura. Si no lo digo, dejo de ser dirigente. La labor de una mujer feminista es ponerse en los zapatos de aquella compañera que vive en el olvido.

R.U.: Nosotras no estamos en contra de lo que dicen otras compañeras que resaltan el valor de la mujer wayuu. Estamos de acuerdo y lo aplaudimos. Lo que está en discusión son los derechos humanos de las mujeres. Nuestra apuesta es visibilizar y desnudar esa violencia que hemos vivido y visto, no solamente en nuestros pueblos sino también en el país. Es invitar a las mujeres a hablar, sea en español o en la lengua nativa. No solo nosotras debemos ser las voceras, debemos hablar todas, y visibilizar esa problemática.

 

¿Qué medidas locales han tomado para hacer visible la Violencia Basada en Género (VBG) que afecta a las mujeres wayuu?

R.U.: En mi caso, vivo en Bogotá y he invitado a las organizaciones con las que he trabajado a ayudarnos a tratar el tema de la violencia en La Guajira, no solo con las mujeres y las niñas, sino también con las autoridades. Además, también trabajamos con denuncias en contra de la desnutrición infantil. A raíz de eso, hemos hecho movimientos en sitios públicos del departamento. En 2019 radicamos un proyecto del ley de la niñez indígena en Colombia. En el Congreso ya pasó a primer debate. Estamos haciendo acciones para poder incidir más en las decisiones políticas de las instituciones competentes, tanto en lo territorial como en lo nacional. En caso de la violencia de género, estamos trabajando con la organización MADRE, de Nueva York. Aprovecho e invito a otras compañeras para que nos organicemos como un movimiento de mujeres wayuu feministas para posicionar más el tema. Queremos recoger todos estos frutos que hemos conseguido al levantar la voz en contra de una sociedad tan machista, no solamente del pueblo wayuu sino a nivel nacional. También quiero invitar a las organizaciones feministas porque siento que a muchas les da miedo trabajar este tema con las mujeres indígenas. Somos mujeres indígenas, pero también somos mujeres colombianas.


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Hay una frase que ambas han compartido y divulgado y es “soy desobediente, no me dejo del ser machista”. ¿Cómo esta frase refleja su trabajo y envía un mensaje a las niñas wayuu?

R.U.: Esa frase también es para las mujeres indígenas que nos refutan por ser feministas. No son contrarios. Nosotras debemos reconocer las luchas históricas que han dado muchas mujeres siglos atrás. Gracias a ellas, llegué a una universidad y pude votar. Ser feminista es una decisión política de cada ser, no podemos obligar a nadie a que se vuelva igual que nosotras. El feminismo no está en contra de la cultura ni de los derechos humanos. Al contrario, se complementan y nutren. Por el hecho de que yo sea feminista, no voy a olvidar mi lengua, mi cultura ni de donde vengo. Tengo mis raíces bien fuertes y tengo una conexión espiritual con el territorio guajiro donde nací. 

J.R.: Durante nuestro trabajo nos hemos caído y levantado, no podemos parar. Tenemos un proyecto encaminado a la Cooperación Internacional y ese camino será determinante en los procesos y en las bases para empoderar a las niñas. Es un mensaje contundente y esperamos que se replique, seguiremos caminando a pesar de las dificultades que tenemos. Es una tarea difícil mas no imposible. Nos ha costado pero no nos vamos a doblegar ante el sistema capital, patriarcal y machista. Más allá de empoderarlas en el tema de derechos, queremos hacerlo con lo económico y con lo social. Por ejemplo, pueden estar empoderadas pero se enfrentan a una realidad en la que están enfermas por la contaminación y el daño ambiental. Ahí también les enseñamos el cuidado del cuerpo, que ellas mandan sobre él y nadie más debe opinar. Es increíble cuando uno va a las rancherías para difundir sus aprendizajes y enseñanzas. Es cuestión de darles la iniciativa a las niñas y jóvenes y ellas arrancan solas.

 

En este aspecto, ¿qué compromisos tiene la justicia ordinaria con los pueblos y las mujeres indígenas?

R.U.: Es urgente que el Estado colombiano trabaje en el fortalecimiento y la articulación entre la justicia propia y la ordinaria, incluyendo la mirada de los derechos individuales. Nos han enseñado a hablar de los derechos colectivos de los pueblos indígenas y ahí nos quedamos. Nos echan a todos y todas en una sola mochila. Eso no tiene enfoque de género y este es el momento para abrir el debate e incluirla en las justicias propia y ordinaria. Además, no es lo mismo decir que tengo unos derechos colectivos a unos individuales. Es importante que las instituciones como la Defensoría, la Procuraduría y el ICBF generen esta discusión. Muchas veces, ellos mismos se niegan porque entienden que el enfoque de género no debe ser tratado con los pueblos indígenas. No, debemos hablar de ello. Tal vez en las lenguas indígenas no existe una palabra para traducir qué es el género, pero sí tenemos una para definir la violencia.

«Me siento muy bien peleando por los derechos de las mujeres. Nuestra convicción se basa en los DDHH por encima de cualquier cosa”: Remedios Uriana


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