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Popayán, Cauca

Un grito de descolonización: ¿contra qué lucha el pueblo misak?

© Archivo SEMANA

La historia siempre la escriben los vencedores”, dice el Taita Gerardo a modo de advertencia. “Pero esa historia que nos han negado va a empezar a florecer”, agrega para reafirmar su lucha, la misma que ha movido al pueblo Misak desde hace 500 años: el restablecimiento de la memoria identitaria sobre el Valle de Pubenza, el territorio donde hoy se alza la ciudad de Popayán.

En la noche del jueves 1 de octubre, la comunidad indígena bloqueó la vía Panamericana entre Cali y Popayán porque, según sus voceros, el Gobierno Nacional no envió una delegación de ministros con la que pretendían avanzar en la mesa de negociación pactada desde el 28 de septiembre. Consideraban que el Ejecutivo había faltado al compromiso que surgió después de que el pasado 16 de septiembre, con ayuda de cuerdas y a gritos de victoria, tumbaron la estatua de Sebastián de Belalcázar que reposaba sobre el Morro de Tulcán, uno de los lugares ‘sagrados’ del pueblo indígena, en un acto que los puso en el ‘ojo del huracán’.

Aunque estas acciones desataron un amplio debate en la opinión pública, son solo algunos de los actos simbólicos y políticos con los que el pueblo busca, desde hace quinientos años, la restauración de la memoria territorial. ¿En qué consiste su lucha?

El significado del Morro de Tulcán

Según estudios arqueológicos, el Morro de Tulcán existía desde hacía 500 o 600 años antes de la conquista española. Este lugar era considerado un centro ceremonial para los pubenenses, los primeros indígenas que poblaron el territorio y de quienes desciende la comunidad misak.

Después de la conquista, este y otros centros históricos como la torre del reloj, empezaron a ser reemplazados con apologías a la cultura colonial y los monumentos eclesiásticos que hoy caracterizan a la ciudad de Popayán.

Foto: © AISO- Movimiento de autoridades Indígenas del sur Occidente

Desde allí, la cultura pubenense fue prácticamente borrada. Según Pedro José Velasco Tumiña, líder indígena misak del movimiento de Autoridades Indígenas del Sur Occidente (Aiso) y sociólogo de la Universidad Externado de Colombia, en los últimos 200 años la ciudad de Popayán ha sido transformada sobre muchos sitios sagrados. Tulcán, el Cerro de las Tres Cruces y el Cerro de La Teta son algunos de los puntos de georreferenciación que representan, desde el sentido espiritual y administrativo, a la comunidad misak desde antes de la llegada de los españoles.

La instalación de la estatua de Sebastián de Belalcázar en el Morro de Tulcán data de finales de la década de los años 30. Se había considerado instalar un monumento del ‘Cacique Pubén’ en el mismo lugar, pero los dirigentes de la época decidieron irse por el ‘libertador’. A partir de ahí, afirman los historiadores, todo el contenido precolombino, andino y especialmente de la herencia del pueblo misak, se empezó a invisibilizar.

Los dirigentes de la época estaban dentro de la política de la apología a la hispanidad. Esa apología demuestra cómo la cultura payanés está arraigada al catolicismo desde el mismo sentido de la expresión ‘la ciudad blanca de Colombia’”, explica Pedro José, para quien la acción política de tumbar la estatua era un mandato que se había delegado de generación en generación en esta comunidad.

El movimiento indígena del Cauca lleva décadas en un proceso de reconstrucción territorial, política, económica y social del pueblo misak. Durante los años 70 y 80, encabezados por los taitas que fungen como sus autoridades, empezaron a “recuperar” sus territorios movilizando a buena parte de las comunidades indígenas del suroccidente colombiano. La política de descolonización, tanto del pensamiento como de las formas representativas que “oprimen el saber ancestral” de los pueblos indígenas, se ha mantenido dentro de la agenda que las comunidades han asumido en los diferentes periodos de gobierno.

Foto: © AISO-Movimiento de autoridades Indígenas del sur Occidente

Estamos en un momento en el que el Gobierno nacional y las administraciones municipales y departamentales tienen que aprender a pararse a la altura del contexto étnico que exige el siglo XXI. Estamos en una época en la que los pueblos indígenas hemos crecido nuevamente en el tema demográfico”, explica Pedro José.

La conciencia histórica de los pueblos indígenas se fortalece desde todos los frentes. El “juicio” a Sebastián de Belalcázar, como lo denomina la comunidad, no es un hecho aislado dentro del proceso organizativo de los misak, sino que es la respuesta a lo que consideran un “exterminio masivo de indígenas, campesinos y afros. “Ese exterminio que estamos viendo en Colombia no es de hoy sino que tiene un trasfondo estructural que tiene que ver con la invisibilización de territorios indígenas en la formación del Estado Nación. Esa exclusión continúa en el siglo XXI y como respuesta a ello los pueblos indígenas en todo el mundo estamos reaccionando”, explica Gerardo Tunubala, historiador, docente y taita de esta comunidad.

Sobre el acuerdo con el Gobierno Nacional

Desde los hechos presentados el 16 de septiembre, las Autoridades Indígenas del Suroccidente (Aiso) y el Gobierno Nacional agendaron tres momentos de acuerdos para resolver los temas de derecho territorial, identitario y cultural sobre el morro de Tulcán.

La comunidad alude a la autonomía política y administrativa que se les confiere en el marco de la Jurisdicción Especial Indígena. De esa manera, dentro sus principios de negociación, alegan que los gobiernos Nacional, municipal y departamental no pueden contrariar la sentencia de la Corte Constitucional que ratifica el fuero que tienen como pueblos indígenas.

Ahora están enviando cartas a diferentes ministerios del Gobierno Duque alegando que estos lugares son considerados municipalmente como patrimonio cultural y ninguna otra jurisdicción puede entrar a tomar decisiones sobre los mismos. Pero hay que entender que nuestros principios ancestrales, nuestra extensión territorial y nuestra memoria histórica es anterior a lo que alegan estos ciudadanos”, asevera Velasco Tumiña.

En términos concretos, el acuerdo final implica que el Gobierno Nacional, a través del Ministerio del Interior y el Ministerio de Cultura, en compromiso con la restauración de la memoria identitaria, cultural y territorial del pueblo misak, realizará subcomisiones de académicos para profundizar en la investigación sociológica y antropológica del territorio indígena en el Valle de Pubén. Además, se acordaron rutas metodológicas de investigación y revitalización de la arqueología, dándole continuidad a lo que se venía haciendo en los años 50 por el arqueólogo Julio César Cubillos.

Algo muy importante es haber logrado que el Estado y nosotros comencemos a descolonizar la arqueología, a descolonizar el pensamiento, para que las otras comunidades invisibilizadas históricamente tengamos voz. La sociedad colombiana debe entender que vamos a iniciar un nuevo proceso de relacionamiento con el Estado, pero ya a nivel académico”, afirma Gerardo Tunubala, quien critica la medida aún vigente del alcalde de Popayán, Juan Carlos López, de ofrecer recompensas por los responsables de la caída de la estatua.

Para hacerle frente a esta medida, las comunidades indígenas han recibido el apoyo jurídico de Augusto Ocampo, quien interpuso una tutela contra la administración municipal. Además, la protesta del primero de octubre en la vía panamericana también buscaba rechazar la actuación del mandatario. Con esto, el pueblo misak ratifica que la “lucha” se dará en lo local, pero que seguirá buscando posicionarse nacionalmente ante un gobierno que consideran “descalifica y deslegitima las acciones de los movimientos sociales y del movimiento indígena”. La puja apenas comienza.

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